
-Sí, hay que hacer algo.
-¡Bueno, no nos quedemos aquí hablando!
-¡Hagámoslo!
-¡Estoy tan furioso que sería capaz de escupir!
¿A qué venía aquello? Mildred no hubiese sabido decirlo. ¿Quién estaba furioso contra quién? Mildred no lo sabía bien. ¿Qué haría? «Bueno -se dijo Mildred-, esperemos y veamos.»
Él había esperado para ver.
Una gran tempestad de sonidos surgió desde las paredes. La música le bombardeó con un volumen tan intenso, que sus huesos casi se desprendieron de los tendones; sintió que le vibraba la mandíbula, que los ojos retemblaban en su cabeza. Era víctima de una conmoción. Cuando todo hubo pasado, se sintió como un hombre que había sido arrojado desde un acantilado, sacudido en una centrifugadora y lanzado a una catarata que caía y caía hacia el vacío sin llegar nunca a tocar el fondo, nunca, no del todo; y se caía tan aprisa que apenas se tocaban los lados, nunca, nunca jamás se tocaba nada.
El estrépito fue apagándose. La música cesó.
- Ya está -dijo Mildred-.
Y, desde luego, era notable.
Algo había ocurrido. Aunque en las paredes de la habitación apenas nada se había movido y nada se había resuelto en realidad, se tenía la impresión de que alguien había puesto en marcha una lavadora o que uno había sido absorbido por un gigantesco aspirador. Uno se ahogaba en música, y en pura cacofonía.

